Sentada en la sala, las flautas transversales comienzan a sonar, la ilusión enciende la luz del candil de cristales, llenando de colores el lugar. Colores que solo ella puede admirar. Los mosaicos de la pared brillan cual guirnaldas de oro y plata, vistiendo el lugar con un vestido de romanticismo.

Una tonada suave dibuja cinco parejas de bailarines, girando al unísono de la balada dentro de su cabeza. Abriendo paso entre filas, Roxana logra ver a su amado de ensueño. Parándose con dificultad, el piano oculta el chasquido de rodillas o el sufrir de su andar.

A pesar de los años, se ven jóvenes como el día en que se conocieron, en aquel baile de salón donde las orquídeas blancas adornaban su encuentro.

Aquel caballero la esperaba con el brazo izquierdo en el aire de frac oscuro, la elegancia del lugar. Tomados de la mano, la danza se centra en caminar sobre las nubes surgidas de la música del salón. No hay distracción suficiente que robe la atención a su baile.

Roxana, con la lagrima caminando sobre su mejilla, los labios cóncavos y la ilusión del amor cubriendo su piel. Él, con la sonrisa fija en su rostro, su vista perdida en la dama que guía sus pasos.

Se acelera su corazón, al ritmo del subir y bajar de los arcos. Tras la ventana, la luna asoma su rostro para ver a los dos enamorados, mientras las estrellas celosas alumbran el espectáculo. Levantando los ojos para ver el rostro de su amado, su boca encuentra el primer beso, dejando sin palabras, aclarando su pensamiento.

Roxana, ligera, sonriente, se acurruca sobre el hombro de su amante, para despedir aquella canción que le permite recordar la razón del florero con una orquídea blanca en la sala del hospital psiquiátrico.

 

 

*Imagen: “The rehearsale” de Edgar Degas (1873)

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