Daniela esperaba su camión como usualmente lo hace cada lunes y curiosamente tenía en la cabeza su pregunta de los miércoles: ¿Cuál es mi razón de existir? Generalmente no rompía su rutina de pensamiento, pero esta noche tenía algo particular. Las gotas de lluvia caían al compás de su canción favorita de los martes: “La Chacona” de Jean Baptiste y los automóviles pasaban de largo al son del segundo violín. Parecía que todo caminaba con ritmo armónico, no así, su vida. Lo más estable que tenia era su rutina al salir del trabajo y ahora le estaban jugando una mala pasada. Por estar sumida en su meditación, no se percató del hombre que llegó a pararse a su lado. Se sorprendió al verlo retirar su mirada tímida de sus ojos con rapidez. Daniela hizo lo mismo. ¿Qué hace aquí? Él solo toma el camión los jueves. El mundo definitivamente se divertía con ella. Decidió distraerse un poco y revisó su bolso para pagar el transporte y alimentación. ¡Demonios! Con el dinero que tenía solo le alcanzaría para un cuerno relleno de chocolate, su cena del viernes. Todo era confuso, ahora que se sentía arrinconada, decidió concentrarse en responder su pregunta. No lograba respuesta. Para ella la felicidad era inalcanzable, intento tras intento la existencia le robaba las esperanzas con cada evento fortuito, por ello valoraba tanto su rutina, sentía que le ganaba algo a la vida. De nuevo sintió la mirada sobre su rostro. Giró. Y lo entendió. La música se sincronizó con la sonrisa manchada de chocolate de aquel hombre con un pan en la mano y estuche de violín a su espalda. ¿Será? Ahora su dilema era decidir si aquel joven seria su cita de sábado.

 

*Imagen de Andras D. Hajdu

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