Era la chica más introvertida que el día pudiera presumir. Se ocultaba tras el mostrador mirando como las clientas veían y se probaban el vestuario para su gran celebración. Distintas risas y muecas han pasado por sus ojos. Mientras ella seguía esperando su eterno amor. El hombre que encontraría un tesoro en el inmenso mar.

Ella no tenía príncipe. No era la princesa de ningún cuento. Nadie lo sabía, pero sus días se centraban en verse perfecta, para el príncipe destinado a quererla. Invertía un tercio de su tiempo en maquillaje. Labios carmín, pestañas oscuras eran suficientes para resaltar su tersa tez. Cualquier hombre caería enamorado con solo ver la sencillez en su ritual de belleza.

Esa vez, nuestra protagonista vestía su blusa favorita. La de flores rosas y rojas con fondo negro, aquella que combinaba perfectamente con su sonrisa escondida y la que creía traería toda la suerte del mundo.

Conocía todos los vestidos, sabía cómo vestir a cualquier dama que cruzara la puerta de su local. Su alegría se basaba en rentar ilusiones y cumplir esperanzas.

Creía que el amor era como rentar vestidos. Uno está constantemente buscando y cuando uno menos lo espera, se topa de frente con el adecuado, haciendo todo lo posible por que parezcan hechos el uno para el otro.

Ella sería feliz, porque, aunque no lo supiera, aquel que debía enamorarla ya había encontrado su escondite entre los vestidos, un anaquel y su bella sonrisa.

 

 

*Imagen de Clare Elsaesser

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