Días atrás los salmones llenaban la barcaza. Uno tras otro subían a la embarcación. La temporada regalaba sus frutos en abundancia, en la familia gobernaba la felicidad. Hoy no hubo ganancia suficiente del río. Incluso, la brisa se burla de mi golpeándome las mejillas con un frio hiriente. Mañana será otro día.

Al final de cada jornada, suelo encallar al “Queen Eli” y me quedo observando la grandeza del Támesis. Hileras de ondas por varios kilómetros, fuente de agua para la ciudad. Orquesta proveniente de la naturaleza con ritmo de tranquilidad.

No me considero un hombre religioso, pero he notado que al pescar, uno aprende de la fuerza y astucia que puede tener un ser que lucha por su alma, aferrándose a la vida. Posiblemente esa sea la razón por la que Jesús escogió entre sus seguidores a un puñado de pescadores.

De pie ante la costa me pierdo dentro del azul marino y celeste del ambiente. Ante mis ojos la ciudad crece sobre el agua. Sombras lunares, como si aquel astro nocturno fingiera ser el artista del sol, saliendo a escena todas las noches.

Se aproxima la hora de regresar a casa. Pasar el tiempo con mis pensamientos termina dándome una paz y alegría de corazón. Se lo atribuyo a esta estampa tan maravillosa de la naturaleza, que parece hablara por si sola ante la contemplación de cualquier persona.

A lo lejos un pequeño roba mi atención, agachándose para recoger una moneda, al hacerlo se persigna, imagino, a manera de agradecimiento. ¿Acaso es eso lo que llaman fe? Apostaría mi barca contra cualquiera que me compruebe que es posible hablar con Dios.

*Imagen: Nocturne: Blue and silver – Chelsea por James McNeill Whistler (1871)

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