-Niños. La pregunta no es difícil-. Son estos silencios los que diluyen mi vocación.
¡Una mano! –Si Andrés-.
-¿El cuatro?-.
-No. Parece que nadie estudió-. Ante la falta de réplica, la respuesta es obvia.
–Saquen su cuaderno y ábranlo en el apunte de ayer-.
-Yo no traje el mío-. Lalo y su incontenible falta de atención en casa. – ¿Lo
olvidaste?-. Asiente con la cabeza, mostrando su sonrisa de medalla. Es el oro
invicto en pereza. –Si lo encuentro en tu lugar, te llevaras el triple de tarea,
búscalo bien-. Mis palabras mágicas.
-Ya apareció profe-.
-Continuemos con la lección. ¡Juan! ¿Podrías comenzar a leer por favor?-. Con
el siempre obtengo la respuesta correcta. Es de esos regalos que suelen llegar
a las escuelas para subir los promedios y motivar a los docentes.
-Toda per…sona tiene dere…cho a recibir edu…cación-.
-Gracias Juan. Entonces, ¿Qué artículo es Andrés?
-¡El tres!
-Igual que su grado, para que no lo olviden-. Mi didáctica innata.
-Pero en un año no será la respuesta correcta-. Se escucha la voz de Víctor
detrás de su libro amarrillo de aventuras. Veo sus grandes lentes. Como
espectáculo en función, se llena el escenario de risas.
-Gracias Víctor-. Didáctica fallida o ¿aprendizaje significativo? Tantos años de
estudios pedagógicos, de desvelos y proyectos, para descubrir una vez frente a
cualquier grupo que esto es un arte. –Empecemos por analizar esa frase-. El
salón me mira expectante. Saben que viene una de esas preguntas.
-¿Conocen a alguien que nunca haya ido a la escuela?-. Se genera un ambiente
tenso, pareciera que no se habían puesto a pensar en ello.
-¡Un suertudo profe!-. Raúl haciéndose el gracioso. Después de calmar las risas,
prosigo. –Ustedes tienen la fortuna de poder venir a clases, aquí hacen amigos,
aprenden cosas nuevas todos los días. ¿Qué harías Pedro, si no pudieras venir
a estudiar?-.
-Trabajar-. Me sorprende la rapidez de su respuesta. –Mi papá dice que
terminando primaria trabajaré con él en la obra-.
-¿Y eso es lo que quieres?-. Pregunto.
-Pues no, pero sin dinero no hay comida-.
-Pero aquí dice que: “toda la educación que el Estado imparta será gratuita”
¿Qué eso no significa “gratis”?
-Así es Víctor. Te pido que levantes la mano para preguntar por favor-.
-Pero los frijoles si cuestan-. Un coro en son de burla se distribuye por el salón.
-¡Pedro! Silencio por favor-. ¿Por qué le pido eso? No es su culpa pensar de esa
forma, es un niño muy listo, tal vez le es difícil comprender su situación. Todo
corazón joven sufre por la injusticia.
Al fondo del salón me sorprende ver a Rosa dormida sobre su pupitre. Me acerco
y tomándola del hombro le hablo al oído. –Rosa, ¿Qué pasa? Rosa-.
Despierta poco a poco, se lee el cansancio en su rostro. Tan pequeña y ya con
sombras bajo los ojos.
-¿Desayunaste?
-No profe, mis papás volvieron a discutir, no pude dormir. Me dan miedo sus
gritos-. Observo a mi alumna, su ropa huele mal, su mochila siempre viene vacía,
un moño asimétrico sostiene su cabello. Pobre Rosa.
Suena el timbre para salir al recreo. Los niños se levantan, recorren las sillas,
toman sus refrigerios y salen al patio de juego.
-Rosa, ¿quieres una manzana y un sándwich?-. Ella asiente con la cabeza.
-Ve, límpiate la cara y disfruta tu recreo-. Le dijo esto mientras le entrego la
comida. La dejo ir. Sé que estos 30 minutos la hacen olvidar su casa, aquí por lo
menos tiene un ambiente estable.
Veo el salón, quedo algo desordenado, camino a la puerta para ver jugar a los
niños. Se acercan Juan y Sofía.
-Profe, ¿es fácil ser profesor?-. Pregunta capciosa.
-Mmmm-. Pienso bien que responder, la vocación de este par puede estar en
mis siguientes palabras.
-Pues no sé, ustedes díganmelo-.
Se miran desconcertados ante mi respuesta. Sofía tan competitiva como
siempre, me pregunta primero que Juan.
-¿Nosotros? Pero si usted es el profesor-. Con sus ojos verdes le lanza una
mirada coqueta a Juan. Para mí que se gustan.
-Si Sofía, pero ustedes todos los días me enseñan algo más importante que leer,
sumar o escribir-.
-¿Qué cosa?-. Juan pregunta con incertidumbre y emoción.
-Me enseñan a seguir teniendo esperanza. Que el mundo puede cambiar. A no
dejarse llevar por este gran hoyo negro que es la educación.
-¿Qué es un ho……?-.
-¡La traes!-. Pepe toca a Sofía. Juan huye ante la nueva situación. Me dejan solo.
A lo lejos, atrás de todos los balones, gritos y juegos. Alcanzo a ver como Rosa
después de morder el sándwich, lo parte a la mitad para compartirlo con Pedro.
Me he preguntado algunas veces, si mi profesión habrá sido la correcta, sobre
todo cuando me enfrento a la realidad familiar de cada uno de estos niños, pero
al verlos aprender a vivir fraternalmente, siento la seguridad de que a pesar de
llegar con las mochilas vacías, no regresan a casa igual.

 

 

 

*Imagen: “La escuela de Atenas” de Rafael Sanzio (1510-1511).

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