El piso se siente frío. El corredor se roba la última luz de la habitación azotando la puerta. Estar entre tinieblas me aterra. No quiero una noche como la anterior.

Me siento en la orilla de la cama, cuando empiezo a sentir un peso sobre los hombros y un nudo aprieta mi garganta. Volteo. Nada. Levanto la sabana para acostarme. Dudo si dormir de espaldas  o de frente a la ventana. Olvide rezar.

Abro los ojos como reflejo para volverme a acomodar y lo veo. Me mira fijamente. El cristal es lo único que nos separa. Trato de moverme, pero el miedo me congela. Quiero gritar. Pero la garganta paralizada me lo impide.

Parpadeo. Se va. Parpadeo. Esta junto al respaldo. No alcanzo a distinguir sus ojos, solo el reflejo de la luna en sus colmillos. Logro gritar. Aquella criatura ni se inmuta, mantiene su rostro fijo sobre el mío. Da un paso. Dos. Distingo un brazo cubierto de un pelaje disforme que carga una hoja que por su brillo, intuyo que es acero.

Vuelvo a gritar, ahora con mayor fuerza. Despierto. Todo fue un sueño. Respiro aliviado, pero un dolor agudo en el abdomen me interrumpe. Me levanto y el sonido de metal al caer inunda mi atención. El piso ya no esta frío.

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