Recuestas tu cabeza sobre mi hombro y te mueves de esa forma encantadora que pareces mecerte entre nubes. Tu fleco celoso cae sobre tu rostro para ocultarte a mis ojos.

Me asomo por la ventana y ese grafiti verde pistache roba de nuevo mi atención. No logró leerlo bien, tal vez mañana descifre ese mensaje. Aunque me intriga más el misterio de saber cómo lo hicieron en este túnel lleno de oscuridad.

El metro se aproxima a la estación F… Tengo que despertarte. Pero al mirarte descansar recuerdo esos momentos de mi infancia, donde aprendí a leer novelas tediosas cada noche con mi padre, cuando me obligaban a pedirle perdón a mi hermano por esa pelea que no empecé o sostener el tedioso tejido de mi madre para unir esos puntos. Cosas que odie hacer, pero cobran sentido cuando las comparto contigo.

Recuerdas cuando me preguntaste “¿Qué te animó a invitarme a ese café?” y que respondí  “no lo sé”. Te reirás cuando te diga algún día que aun desconozco la razón, pero esa pregunta sigue siendo importante para mí, porque la respuesta puede estar en aquello que sin intención aprendí con mi familia. El amor.

La luz del andén comienza a iluminar nuestros rostros. Leo en tu sonrisa que sueñas, discúlpame preciosa. En automático decido despertarte juntando nuestros labios.

 

 

*Imagen “El beso” de Italo Nunes-Vais (1885)

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