A su alrededor, historias de amor y dependencia. La juventud reía y hablaba. Desde hace algunos años aquel hombre de gabardina, consideraba a los jóvenes la falacia del futuro. Tanto que dar, sin velero que seguir.

Era la primera vez que asistía a ese bar. Para su suerte, el único asiento disponible era la barra. Lugar paradójico. Ignoras a todos y visto por todos.

El barman no se atrevía a preguntar. Eran claras las huellas de lágrimas en los ojos del forastero. Alguien que lejos de parecer acompañado, lucía como un abandonado. El personaje idóneo para triunfar en su juego mental de todas las noches.

La mano alzada con decisión, denotaba experiencia en el arte de sublimar la soledad. Oscura, por favor. Añadía otro elemento más para perderse en el ambiente.

La sombra mecía sus ojeras. Proyectaba una personalidad en donde la angustia de no saber qué pasará, le vestía como traje de sastre.

En aquel lugar de luces tenues y música popular, yacía un hombre que había renunciado a creerse dueño de sus decisiones. Era un conocedor del obrar de Dios. Esa inmovilidad le daba sentido a su esperanza. Entendía que cuando se llega a comprender la fe, todo trasciende.

Su melancolía nacía del amor verdadero. Él lo comprendía.

Dio la vida por ella. Ella se la llevó, dejándolo a él.

Fue probado en generosidad y desprendidamente pecó.

Esa noche se convirtió en el ganador del juego.

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