Aquí hay muchas personas y el aire comienza a apestar. Esteban está molestando de nuevo a Gilberto. Mi sueño de una navidad tranquila comienza a alejarse. Siempre algún niño termina por hacer enojar a Víctor o a Julia.

Tenía esperanza para esta nochebuena, porque cambió la forma de mandarle nuestra carta al niño Dios. ¡Usamos globos! ¡Fue genial! Subían al cielo llenándolo de colores. Amarré muy fuerte mi carta al cordón, para que ninguna paloma se robará mi deseo. Le hice el dibujo de una gran estrella morada, por lo que al volar adornaba el cielo con su brillo de crayola.

Todo apunta a que esta navidad mi regalo si llegará, yo sé que pido mucho pero me he portado bien. En noviembre cumplí once años y ya puedo ver la tele con mis hermanos mayores. Aunque prefiero ver las noticias con Víctor. No entiendo mucho, pero ahí es donde encuentro razones para darme cuenta que no es tan mala la vida aquí. Veo como la gente se preocupa de Trump y su famoso muro. No entiendo porqué tanto problema. También estamos encerrados y mientras mi familia esté aquí, prefiero quedarme con ellos. Aparte las hamburguesas que prepara ese Trump me gustan mucho. Qué decir de su cajita feliz.

-¡Niños a cenar!-. La voz de Julia suena alegre, a pesar de no estar regañando o golpeando con el cinturón a alguno de nosotros. Creo que es un milagro navideño.

¿Qué vamos a cenar? Me llegó el rumor de que en la casa de las niñas cenarán pozole y pastel de chocolate. Sospecho que a ellas las quieren más que a nosotros. Al parecer nos tienen poca paciencia a los hombres. He escuchado a Julia decir que espera que con la muerte de un tal Fidel nuestro espíritu revolucionario disminuya. No lo creo. Desde cuando los fideos pueden tomar el control de una nación o  de un grupo de hombres, a los que nunca se nos presentó un padre de frente para enseñarnos a respetar.

-Bien niños, vamos a bendecir los alimentos para cenar e irnos a dormir. Para mañana poder abrir los regalos-.

Quisiera sorprenderme por la cena de este año, pero son los mismos tamales insípidos de Doña Carmen, cada diciembre recibimos su grandiosa caridad, pero nadie le ha dicho a esa señora que sus tamales tienen un mal sabor, tal vez, por eso no venda todos y le de descanso a su alma regalándolos.

Gerardo pasa detrás de mí y me da un zape. Me debo controlar, me he portado bien todo este año como para perder mi regalo a unas horas de llegar la navidad.

Bendecimos los alimentos, situación que no mejora su sabor. Gerardo vuelve a pasar y repite su golpe.

–No te traerán nada este año Ángel- me dice al oído. Te quedarás otro año con nosotros. Lo que me hizo explotar fue su risa. Lanzo los tamales lejos. Por desgracia le caen a Chuy en toda la cara.

Demonios, él me cae bien. Me lanzo contra Gerardo con toda la intención de golpearlo. Ya no me importaba el regalo, ni todo el esfuerzo del año. Ahora entiendo a los mayores: “solo importa el momento”, total sí estoy aquí es porque no me quisieron y nunca me querrán. Lo golpeo en el estómago y antes de propinarle el segundo, siento dos brazos que me toman por detrás, arrastrándome lejos.

-¡Suéltame!- grita. Pero sólo escucho como Víctor se quita su cinturón para aplacar mi espíritu. Diez golpes son suficientes para callarme, pero no para calmar mi enojo.

¿Cómo quieren que me encuentre a mí mismo, sí nadie me ama?

Estoy solo y acostado en mi cama. ­Qué buena navidad. Me siento triste, ese sentimiento que dicen los adultos y los noticieros que se llama “depresión”; la que tiene como cura las compras. Tal vez Gerardo tenga razón, aquí me quedaré. De todas formas el orfanato es lo único que comparto con todos ellos.

Mis parpados caen por su propio peso y descanso entre mis sabanas marca Caritas. Cuando de pronto la voz de Julia me exige que despierte. Abro los ojos y veo una pareja de desconocidos, un hombre y  una mujer observándome fijamente, la mujer lleva un papel en las manos.

-¡Ay no! son los vecinos que vienen a reclamar su cristal roto, no debí sentirme Messi-. Al bajar de nuevo la mirada veo mi estrella morada y sonrío. . .

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