Capaz de ver la existencia

del prójimo, que como él necesita

compartir ese amor innato de su esencia,

pero cree no la amerita.

Apático de la agonía del otro,

pasando por la vida gozando de lo propio,

negando dar un mínimo de su oro,

aquel que se ha convertido en su opio.

La existencia honesta de este ser

está desapareciendo a cierta edad,

cuando la eterna inocencia se deja de ver

porque se sigue fomentando el olvido de la dignidad.

Melancolía es el nuevo traje de su libertad

que vaga unida a un cuerpo

olvidado de responsabilidad,

empeñado en saciar su propio yo.

Parece que vive en busca

de un sentido,

encontrando satisfacción en la chusca

hipocresía de levantar a un desvalido.

Cuando el niño imita a su padre

al insultar al semejante,

¿podremos esperar que este futuro ser mejore?,

¿acaso podrá llegar algún día a apreciar el arte?

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