Volteaste. Ese fue el momento en que conocí la sed tras ver el oasis de tus ojos. No estaba en un lugar especial, simplemente era una banca del parque. Encontrar algo agradable estando ahí según recuerdo era imposible. Hasta que decidiste pasar.

Te veo a doce pasos de mí. Caminabas lentamente sobre la acera. Tu cuerpo se movía en una danza de seducción con el viento, me costaba aclararme los ojos ante tu bella mirada de mujer pura y danzante.

Había estado los últimos veintiún días en la misma banca de 7 a 8 de la tarde, dejando que la vida recorriera el segundero. El mirarte pasar le dio sentido a esos minutos perdidos.

Me sentí afortunado, porque mi curiosidad cayó en el pozo de tu andar. Caminabas de un modo normal, vestías la modestia tejida de pudor y aún me cuestiono como tu luz sin ser vista me sedujo. Pero lo agradezco.

Trataba de observar cada parte de ti, pero el complot de tu ser me distraía con cada facción de tu rostro. El arcoíris de tu piel, la ligereza de tus pies, me mantenía en ese misterio de querer conocerte por medio el lenguaje de los besos.

Ahora el parque puede tener nombre: Tu nombre. Pude preguntártelo, pero esa sed de verte me deshidrató. De haberlo hecho, este parque tendría un nombre de mujer, perdiendo tu única presencia, borrando la pureza que representaba tu caminar, rimando con el par de joyas que adornan tu cara.

Al acercarte más, estas en el punto donde imitamos al norte y al sur. Tu tan lejos de mí, pero alineados al uno con el otro.

Si andabas deprisa no lo noté, como película de antaño observaba tu escena una y otra vez. A mi ritmo. Con deleite. ¿Cuántas veces pasaste? Una. ¿En mi mente? Cuatro. Una por tu iris, la segunda por tu figura, otra anhelando detener el minutero y la última… la olvidé porque fue el momento del fin de tu gala.

¿Qué historia se contara en el libro de mi vida por ese momento? ¿Serán dos páginas completas describiendo solo tus ojos? o mejor solo tres verbos: La miro, se enamoró y la dejo ir. De cualquier manera esos pasos se plasmaron en mi recuerdo, para leerlos cada que necesite recordar la belleza.

Un simple andar puede construir, mezclado con una mirada destruir. Me enamore al verte y me derribaste al mirarme. Que difícil vencer la timidez de hablarte, de conocer tú nombre, pero mejor recordarte como la más bella.

Te alejas tras haber convertido en oro ese tiempo en mi memoria.

Desconozco si volverás a pasar por aquí. Pero sé, que perdí la oportunidad de hablar contigo, perdió mi corazón. Aun guardo la fecha del destello de tus ojos, en la página 10 del libro que cargaba ese día, aquel que resumiste con tu simple caminar. Su título era Fedro, y no hubo necesidad de leerlo más.

 

 

 

*Imagen: “Retrato de Millicent” de John Singer Sargent 

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