I.

El  miedo camina de mi cintura a los brazos, mi voluntad está paralizada. La hora frente a Esteban es insoportable, pocas veces lo veo parpadear y temo caer en el vacío de sus ausentes ojos. Ya no soy capaz de mantener una mirada como esa. Cuando me mira, siento que entra en mi cabeza para robarme mis secretos, mi historia.

Recuerdo mis días de arduo estudio y entrega en la facultad de psicología, de lo fácil que era para mí entregar mis reportes, pasar mis exámenes con honores y entablar buenas relaciones con mis compañeros, sin embargo, dedicarse a la terapia psicológica no es tarea sencilla. No es simplemente sentarse a escuchar los problemas del paciente, o acompañarlos en su proceso por medio de palabras que reconstruirán sus esquemas. No. Esta idea vaga de mi formación ha desaparecido desde que conozco a Esteban.

Cada martes a las seis de la tarde, me basta abrir la puerta del consultorio para verlo sentado en la silla de madera, observándome. Esa molesta almohada imaginaria en su hombro izquierdo que le permite inclinar la cabeza durante toda la sesión me aterra. Cada terapia se va en observarlo vestido con la misma camisa de cuadros verdes y amarillos, con un pantalón desgastado de mezclilla y de vez en cuando utiliza dos calcetines. Sin mencionar el aroma fétido que proviene de él

Estos dos últimos meses he despertado con su olor nauseabundo, es una peste proveniente de un hombre que por temor al agua decide alejarse por completo de ella.

Trato de comprenderlo, pero Esteban no habla conmigo, lo poco que le conozco proviene de sus dibujos de círculos flotantes color rosa, más que flotar parecen nadar como medusas en al borde de un muelle. También cuento con mis apuntes de esquizofrenia y la poca información que me da su hermana Elizabeth al traerlo al consultorio.

A veces me pregunto porque tome este caso. Recién egreso de la carrera y no me siento capaz de empatizar con Esteban. De tratarlo. Busco oír un eco que escape de su pensamiento para encontrar el nexo que hay entre sus alucinaciones y evitar el agua.

Leo su anamnesis continuamente para encontrar algún dato que me ayude a seguir con el tratamiento adecuado para él. Reviso los datos generales que confirman lo que veo físicamente. Hombre. 38 años. Soltero. Escolaridad: Preparatoria trunca.

En el apartado familiar, me percato que Esteban tiene familiares esquizofrénicos, su abuela materna fue diagnosticada a la edad de 28 años y su abuelo paterno a los 32 años. Ambos fueron internados por sus hijos. .

Pero lo que más me llama la atención es su motivo de consulta: “Esteban después de ser inculpado por la muerte de su madre, ha presentado varios brotes psicóticos con alucinaciones auditivas y visuales. Se derivara con un psicólogo para evaluar su estado mental e informar a las autoridades correspondientes sobre el futuro del paciente”.

Así acepte uno de mis primeros casos como psicólogo. Confiando en mis conocimientos, sabía que debía obtener más información de su familia para identificar los símbolos en el lenguaje no verbal de Esteban que me permitieran ayudarlo. Aunque últimamente pienso que mis terapias con Esteban son para ayudarme a salir de ese sentimiento que me ha molestado últimamente. Una culpa sin sentido.

La información más relevante que tengo del caso, la he obtenido de mis pequeñas charlas con Elizabeth, su hermana. Es una mujer de facciones  muy finas, siempre viste de blanco y es muy atenta conmigo. Ella es mi nexo con el interior de Esteban. Parece ser mi única relación real con él.

Hace un mes descubrí algo relevante por medio de un descuido de Elizabeth. Al parecer el último día que Esteban convivió con su madre fue en el muelle. Su madre era amante de ese lugar, probablemente porque su primer esposo era capitán, por eso la versión de que ella saltó al mar para quitarse la vida no era aceptada por Elizabeth. Ella sospechaba que Esteban había tenido algo que ver.

Elizabeth me cuenta que Esteban es hijo de la segunda pareja de su madre, un abogado que conoció durante los trámites del testamento de su difunto esposo. La relación que había entre madre e hijo era conflictiva, la madre de Esteban al parecer no lo quería, lo maltrataba y humillaba. Pero a los pocos minutos lo abrazaba y le pedía perdón, excusándose con el hecho de su impaciencia. Crecer en este ambiente seguramente escondió algo en el inconsciente de Esteban y que ahora sale para mostrarse.

Las seis de la tarde, camino por el corto pasillo para encontrarme con Elizabeth que siempre me recibe con la misma sonrisa que trata de ocultar al bajar la cara. Tal vez de alegría por librarse de su hermano durante una hora de su día. Le estrecho la mano y le agradezco su puntualidad ya que es parte del tratamiento de Esteban. Me dispongo a entrar, empujo la puerta con la inercia de mi cuerpo al avanzar, ya que no tengo motivación para entrar. Lo veo sentado con la cabeza de lado. Sus ojos ya me veían antes de abrir la puerta. Me siento y comienzo con la terapia en donde más que respuestas, solo escucho mi voz.

-Buenas tardes Esteban, has sido puntual, las seis de la tarde en punto del día martes-. No espero respuesta de su parte, tal vez esta sea la última sesión que tenga con él.- ¿Cómo has estado? Veo que has traído nuevos dibujos contigo.

Los dibujos de Esteban seguían mostrando el mismo patrón en colores y formas. A excepción de que esta vez me pareció ver una cabeza entre los círculos rosados. Pero al momento de preguntarle qué era eso nuevo en los dibujos, algo cambió. Su mirada no descansaba de fijarse en mis ojos y sucedió, desde la única ventana de la habitación pude observar que comenzaba a llover.

Rápidamente los ojos resecos de Esteban giran hacia la ventana, creo que es la primera vez que veo su nuca, la única vez que ha dejado de mirarme. Mi cuerpo descansa de esa presión, pero solo por un momento. Su respiración se acelera. Sus hombros bajan y suben tan velozmente que pareciera estar corriendo aun sin levantarse de la silla.

-Esteban, Esteban, ¿Qué pasa? ¿Qué tienes?-. Lo digo esperando conocer el timbre de su voz.

Al terminar la pregunta, la persona que estaba frente a mi volteó, ya no era Esteban, ya no era aquel catatónico que solo vigilaba mis acciones, ahora era aquel que se arrojaba hacia mí para destruirme, para aniquilar al culpable de su locura.

Al contrario de su postura mostrada durante las sesiones, él es muy fuerte, tanto que me tira del asiento y caigo en el suelo golpeándome fuertemente la cabeza, lo único que puedo oír después del golpe son dos palabras.

II.

No hago ningún ruido por si Esteban aún sigue en su lapso maniaco. Verlo tranquilo observando la lluvia de la ventana no me asegura que no piense en volver a atacarme. Escucho susurros que provienen de donde está parado, son las mismas dos palabras que escuche antes de recibir el ataque. ¿Por qué las repite?

-Esteban, Esteban- me atrevo a preguntar. Esteban, ¿esto tiene que ver con tu madre?

Al terminar mi pregunta, su rostro giró violentamente hacia mí. Prepare mi puño derecho para golpearlo por si se acercara rápidamente. Él seguía murmurando las mismas dos palabras, pero ahora la diferencia era que no quitaba la vista de mis ojos.

De repente un gran trueno, sembró la habitación del consultorio. Dejándola sin electricidad y en plena oscuridad.

Escucho que abren la puerta del lugar rápidamente.

-Esteban se fue- pensé.

III.

Despierto con un dolor de cabeza muy fuerte y un sabor a hierro llena mi garganta. Pero sin otro malestar que me preocupe. Trato de levantarme y me cuesta, pero antes de lograrlo notó que sigo acompañado en la habitación.

Pero no por Esteban,  Elizabeth entraba rápidamente y me levantaba en brazos gritando. Ella siempre es tan atenta conmigo y me cuida, aunque siempre pensé que le inspiraba un poco de miedo. Pero al iluminarse el cuarto, veo algo diferente en su rostro, lo veo manchado de rojo, también hay manchas rojas en su uniforme blanco. No deja de gritar, pero eso no me molesta. Mi dolor de cabeza va disminuyendo y mejor decido descansar en sus brazos.

IV.

Informe clínico del hospital psiquiátrico de la ciudad Q… a 26 de noviembre de 2015

La tarde lluviosa del pasado martes 22 de noviembre del …. Se presentó una situación de crisis dentro de nuestras instalaciones, debido a que uno de nuestros pacientes esquizofrénicos tuvo un episodio maniaco con un desenlace mortal. El paciente ya tenía tiempo presentando alucinaciones visuales y auditivas, generalmente relacionadas con su proceso terapéutico y con la lluvia.

Al revisar las pertenencias con las que llegó, debemos mencionar que no tenía ningún arma al ingresar, aunque horas después del incidente nos percatamos que en el cuarto de seguridad hacía falta una. Su única posesión era un pequeño espejo con el que generalmente entablaba conversaciones con él  mismo en tercera persona y en el cual se observaba fijamente durante todo el día. Dentro de su expediente psiquiátrico se puede inferir la etiología de su esquizofrenia: “…el paciente llego al centro víctima de un brote psicótico, posiblemente generado después de presenciar la muerte de su madre. “Llego callado, pero al parecer tiene mucha culpa por algo”, menciona el personal de urgencias que lo recibió en el hospital…”.

La enfermera Elizabeth presenció la escena devastadora del pasado martes. –Escuche un grito que provenía del cuarto de Esteban, un gran “Yo fui”. Después oí un gran estruendo y corrí hacia su habitación, abrí la puerta y lo único que vi en el cuarto fue el cuerpo inerte de Esteban con una pistola apretada fuertemente en su mano derecha y junto a él su pequeño espejo.

El personal forense después de analizar todas las evidencias confirmo el suicidio de Esteban, producto de un episodio maniaco acompañado de alucinaciones.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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